Me enseñaste a confiar en los demás,
pero sobretodo me enseñaste a confiar
en la firmeza de mi espíritu,
en la capacidad de mi intelecto, y
en la fuerza de mis brazos.
Me enseñaste el verdadero valor del dinero,
en una cuenta bancaria no vale nada,
en las manos de un amigo vale poco,
en forma de pan o de abrigo en las manos de un necesitado
tiene un valor incalculable.
Me enseñaste que la felicidad es un proceso,
que uno tiene que aprender a ser feliz
con lo que se tiene, sea poco o mucho.
y que tener todo lo que se quiere
nunca es sinónimo de felicidad.
Me enseñaste que las promesas se cumplen,
que los compromisos se respetan,
en nuestra adolescencia,
en lugar de anillos intercambiamos nuestras iniciales,
tú pondrías las mías en tu firma y yo pondría las tuyas en la mía,
desde entonces honrar mi firma es honrar tu memoria.
Me hiciste conocer a Dios,
es el gran amigo en común que tenemos desde entonces,
siento que me escucha más cuando le hablo de tu parte,
sólo él sabe lo que significas para mí.
Me enseñaste que el primer amor puede ser un gran fracaso
si no se cuenta con la madurez necesaria,
me enseñaste que los sentimientos, al igual que los hijos,
tienen sus propias vidas y no es bueno interferir en ellas.
Me enseñaste que el amor no se conjuga con reciprocidad,
que el amor no es compatible con el egoísmo de querer
tener al lado a la persona que se ama.
Y yo te creo,
te creo aun cuando me dices que no es amor
ese indefinido e intenso vacío
que siento cuando te pienso.
Perdona si en ocasiones te sueño,
si me aparezco inopinadamente en tus pensamientos,
perdona mi herejía de creer que juntos podríamos ser más felices.
pero sobretodo me enseñaste a confiar
en la firmeza de mi espíritu,
en la capacidad de mi intelecto, y
en la fuerza de mis brazos.
Me enseñaste el verdadero valor del dinero,
en una cuenta bancaria no vale nada,
en las manos de un amigo vale poco,
en forma de pan o de abrigo en las manos de un necesitado
tiene un valor incalculable.
Me enseñaste que la felicidad es un proceso,
que uno tiene que aprender a ser feliz
con lo que se tiene, sea poco o mucho.
y que tener todo lo que se quiere
nunca es sinónimo de felicidad.
Me enseñaste que las promesas se cumplen,
que los compromisos se respetan,
en nuestra adolescencia,
en lugar de anillos intercambiamos nuestras iniciales,
tú pondrías las mías en tu firma y yo pondría las tuyas en la mía,
desde entonces honrar mi firma es honrar tu memoria.
Me hiciste conocer a Dios,
es el gran amigo en común que tenemos desde entonces,
siento que me escucha más cuando le hablo de tu parte,
sólo él sabe lo que significas para mí.
Me enseñaste que el primer amor puede ser un gran fracaso
si no se cuenta con la madurez necesaria,
me enseñaste que los sentimientos, al igual que los hijos,
tienen sus propias vidas y no es bueno interferir en ellas.
Me enseñaste que el amor no se conjuga con reciprocidad,
que el amor no es compatible con el egoísmo de querer
tener al lado a la persona que se ama.
Y yo te creo,
te creo aun cuando me dices que no es amor
ese indefinido e intenso vacío
que siento cuando te pienso.
Perdona si en ocasiones te sueño,
si me aparezco inopinadamente en tus pensamientos,
perdona mi herejía de creer que juntos podríamos ser más felices.
