martes, 6 de noviembre de 2007

La botella de aceite

Dios sabe porque hace las cosas y como las hace. Digo esto porque no imagino a mi esposa casada con ningún otro. Realmente es mi otra mitad.

Porque si ella es inteligente, también es capaz de parecer tonta sólo para satisfacer mi vanidad.
Porque los chistes de doble sentido no los entiende, pero si los chistes finos.
Porque si ella no sabe cocinar, yo soy buen pobre y cualquier animal muerto y cocido ya califica como comida.

Cuando nos casamos y nos fuimos a vivir a nuestra casa, ni su mejor aliado, el libro "¿Que cocinare hoy?" de Nicolini pudó sacarla de apuros: La carne se quemó, el huevo se pegó y el pescado se deshizooooó (cántela al ritmo de "Sin calzoncito" de NSQNSC).

La historia siguiente es totalmente cierta:

Una vez casados y aburridos de comer en la calle, mi esposa se propuso cocinar para lo cual compramos nuestra primera botella de aceite, como no podía ser de otra forma la acompañé en su aventura culinaria.

En determinado pasaje de su aventura me pidió: "Negro, pásame el aceite" y se lo alcancé. Retiró la tapita verde, alzó la botella y la volteó lentamente para que cayera la cantidad precisa de aceite, pero éste nunca cayó. Repitió la operación varias veces hasta que concluyó "Negro, te han vendido la botella fallada".

Debo anotar que mi cultura general incluye las intrépidas incursiones que hice a la cocina de Mamuska (de la cual siempre me corrió con un enérgico "sal de mi cocina, los hombres no entran a la cocina") donde observé que Mamuska o alguna de mis hermanas, metía su dedo meñique en la botella y sacaba algo desde dentro.

Y se lo explique lo mejor que pude a mi esposa, quien trató inútilmente de hacer gotear dicha botella para luego cederme el turno a mi. Por mi parte, con mayor conocimiento de causa (lo lees y lo olvidas, lo ves y lo recuerdas, lo haces y lo aprendes), aprete con fuerza la botella contra el repostero, meti mi dedo meñique y lo tire con tal fuerza que la botella se aplastó, de derramó media botella, salpicó todas las paredes de la cocina, me malogró mi polo dominguero, pero ¡oh milagro! de la botella ya goteaba aceite.

Del resultado de dicha aventura, hablamos otro día.